Año sexto, día 2529, entrada 150.
La tormenta arrecia
“Y pensar que hoy podría estar en Paris…
Hace ya un montón en que no te escribo y es que hace bastante que te oculto las letras para que no te preocupes y quizá para que sigas viéndome como el fuerte; para que no necesites preguntar y sobre todo para que no caigas conmigo. Y te hago creer que los días están ahí porque han de ser recorridos y aprovechados hasta con el último aliento para hacer de esto algo de lo que estemos orgullosos. Todo eso para que simplemente no me mires, para que no detengas la mirada en mis atormentados ojos y veas lo que hay tras ellos. No puedo evitarlo, entiéndeme, no soy yo quien lo decide, lo siento.
Al menos, Polonia estuvo en medio, con todo.
Y es que ha llegado la hora de empaquetar, hacer las maletas y “move on”, con todo lo que eso significa. Porque aunque quiera seguir manteniéndoos seria una tarea imposible. Y no sé cómo será allá, cuánto durarán mis nuevos impulsos y si mi idiotizada mente se adaptará a lo desconocido pero , sólo me queda eso.
Porque aunque todo parezca lo mismo, nada es igual, mucho ha cambiado, los sentidos, las palabras, las razones, los dislates, las horas incluso, son ahora distintas. Ya no somos los de hace unos meses, aquellos que se partían el alma con el humo del tabaco, ahogando un halito perdido, tendiendo a exagerar las desidias en pos de acurrucarnos en un huequito pequeño al que llamábamos fraternidad. Ahora no mas que somos mentes difusas con recuerdos contemporáneos, con experiencias y aprendizajes parecidos y puede que hasta con opiniones similares sin embargo con líneas de destino disjuntas.
Hago esto porque lo necesito, no me malinterpreten por favor. No quiero ser la señorita mimada de nadie ni quiero que los galanes vengan a mi puerta con gestos de amor o dulzuras elaboradas, no es más que un grito compungido que necesito expulsar para seguir adelante, para que sea este quien se ocupe de las desidias y yo pueda seguir creciendo.
Y debí escribirla una carta y puede que un día me arranque y lo haga y así no necesitaré decirme otra vez “deberías haberlo hecho”.
Ya me he dado cuenta de lo lejos que estoy del genio, de ambos. De aquel de piel azul y barba de chivo, de ese que me traería los cambios que solo yo merecía, porque era el ilustre, el único subido al centro del mundo. Y de este otro, el de las razones, el de la creatividad compulsiva, el de la soberanía sobre el intelecto.
Ya te dejo cariño, sigue a lo tuyo y un día eso o cualquier otra cosa estará a nuestro alcance. Recuérdalo, haz de aquello tu estrella y síguela incansablemente.”
Nos acercamos a la Antártida y hace días que el sol no aparece. Las lluvias y las tormentas nos acosan ferozmente intentando alejarnos de nuestro destino. A los hombres empiezan a flaquearles las fuerzas y las provisiones escasean. Espero que encontremos pronto el galeón del Pez Barbudo o al menos antes de que cualquiera de ellos se levante en armas. Este puede ser nuestro último viaje, confiemos en la suerte…
El capitán


